A cada segundo que pasaba, él se sentía más excitado. Le encantaba vejar a su novia. Notaba cómo el miembro viril se endurecía. Ella se esforzaba. Recorría la verga con su temblorosa lengua, rodeando las venas que sobresalían.
-¡Venga, puta! –exclamó el chico mientras le rodeaba la nuca con las manos, dirigiéndola.
Y notó como alcanzaba esa sensación, ese clímax. El semen salió disparado hacia la campanilla de la muchacha, la cuál puso las manos rápidamente en el suelo, buscando aire para respirar. Escupió la blanquecina sustancia mientras su novio se recostaba en una silla cercana. Ella también notaba algo, pero no era en absoluto agradable. Un picor le ascendía desde el estómago hasta el paladar. Vomitó a los pies de su compañero.
-¡Pero, ¿qué mierda haces, zorra?! –le gritó. Ella sollozaba-. ¡Me cago en tu puta madre! –y le propinó una patada en la cara. La sangre de la joven manó como una fuente a través de la nariz-. Y que sepas que lo vas a limpiar tú.
Él abandonó la habitación, dejándola a solas con un trabajo que no se había buscado y una hemorragia que ignoraba cómo cortar. Salió del bloque de pisos y subió a su flamante Yamaha. Se disponía a introducir la llave en la ranura cuando vio que ésta estaba obstruida. Alguien había puesto pegamento en ella. Regresó a la casa.
Su novia estaba en el mismo lugar en el que la había dejado. No se había movido. No había empezado a limpiar, la muy perra.
-¿Por qué coño le has hecho eso a mi moto?
Ella giró su sangrienta cara hacia el joven, con extrañeza. La agarró del pelo.
-¡No sé de qué me hablas! –gritó dolorida.
Como respuesta, él lanzó su puño hacia el vientre de la víctima.
Continuará.

